Durante seis meses, desde marzo hasta septiembre, viví una
gran experiencia en un pueblecito llamado Loma Alta, en el departamento de Santa Cruz, al este de Bolivia.
Lo que más me cautivó del paisaje lomalteño fue su vegetación, pues es abundante, siendo un término medio entre el típico paisaje de campo y el selvático. Al ser una comunidad rural, es extraño encontrar una casa que no tenga gallinas, caballos, perros, chanchos (cerdos),… También, hay que hacer mención especial a los sapos que salen por la noche, a la gran cantidad de mosquitos y, como no… ¡a las víboras!.
Las familias son numerosas, con escasos ingresos económicos. Sus casas son de adobe y techo de hojas de palmera, pero también hay algunas de ladrillo. Su forma básica de vida es la agricultura y el ganado vacuno.
Al frente de esta comunidad está la Hermana Graciela, que es la responsable de la pastoral y trabaja, como directora, en la escuela fiscal del pueblo con la ayuda de los voluntarios. Es una hermana diocesana que perteneció a la Congregación de María Auxiliadora.
El proyecto en Loma Alta tiene un carácter marcadamente educativo, teniendo como modelo el Sistema Preventivo de Don Bosco. Pero en la escuela se pueden encontrar las dificultades como son recursos materiales mínimos o nulos, tanto del centro como de los alumnos, y una infraestructura precaria.
Gracias a la presencia del voluntariado, se pueden enseñar las materias de filosofía, religión e inglés, ya que es difícil encontrar a profesores que las impartan.
El voluntario vive el día a día en comunidad, compartiendo todo con la Hermana y con los otros voluntarios Siempre suele haber un grupo de unos cinco de distintas nacionalidades (españoles, alemanes, holandeses y norteamericanos). Los voluntarios vivimos sin grandes lujos y, en este aspecto, la Hermana es un claro ejemplo de pobreza y humildad. Y es que, aquí, se aprende a vivir con lo mínimo imprescindible: sin móviles, sin Internet, sin coches,…
Durante la semana, el trabajo en la escuela es lo que llena la labor diaria, preparando e impartiendo de las clases. Yo daba clases de religión de 1º a 6º de primaria y estaba de profesora de apoyo en Kinder (infantil).
También asistía la biblioteca de la escuela dos días a la semana.Cada voluntario tiene un día libre de clases a la semana donde cocina, lava la ropa a mano y limpia .
Pero, a parte de la escuela, hay mucha más tarea que hacer. El tema de apadrinamientos con los niños es una labor que lleva mucho trabajo, y lo mismo ocurre con las actividades de tiempo libre. Allí continué con la escuela de teatro, creada por una voluntaria hace un año, y preparaba a jóvenes para su confirmación. Como novedad, realicé con alumnos de sexto pequeñas escenificaciones de parábolas que, luego, representaban en la iglesia los domingos. Por último, comencé, junto a la Hermana, un oratorio que tenía lugar los domingos por la tarde.
En general siempre hay trabajo satisfactorio y variado, sin límites, porque al ser un pueblo, el contacto es mucho mayor con los alumnos y las demás personas y se acaba siendo partícipe de sus vidas personales, familiares, etc. Es una labor completa, intensa e integral.
Con los jóvenes, es necesario sentir que en ellos está el futuro de su pueblo, creer en ellos, ver sus posibilidades, conocerlos y quererlos para, así, conseguir su desarrollo personal e integral.
Es increíble la manera tan natural con la que me adapté a un medio tan diferente al mío. Aprendí de la convivencia con la gente que, el obstáculo más grande es el miedo, el mayor error es darse por vencido, la mejor lección es el ejemplo, que siempre se aprende, que cada persona merece la pena, que creces compartiendo tu vida, que hay que aprovechar cada momento y mostrar siempre tu mejor sonrisa, que el mayor bienestar es ser feliz, el regalo más hermoso es el amor y que Dios está siempre a mi lado. “Sin duda, una experiencia que recomiendo.”
“He aprendido a vivir con lo mínimo”
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